Los peces en la ciudad

Y digo yo que, a lo mejor, el éxito de tu yo adulto es que te siga gustando la Navidad.

Ayer, mientras caminaba o lo intentaba, cuanto menos, por el centro de Madrid, me sorprendí pensando en que me encantaría meterle, sin querer, la ballena del paraguas en el ojo a tres de cada cuatro personas con las que me tropezaba mientras paseaban felices bajo unas luces francamente horteras, luciendo unos gorros grotescos de gnomo que jamás se volverán a poner, a Dios gracias, comprados en la Plaza Mayor. 

Cada vez llovía más y mi paciencia se esforzaba menos, así que decidí volver al posible único sitio de toda la ciudad en el que no hay ningún tipo de indicio de estar en diciembre: mi casa. Pensé que en ésta esquina igual cabría un arbolito montado, pero en ningún sitio de este piso cabría guardarlo después. A lo mejor, el precio de los alquileres en el centro favorece, también, la muerte del espíritu navideño, digo por no descartar. 

Ya más tranquila y tras una buena ducha, me siento en el sofá sin una taza de chocolate caliente porque llevo dos días sin leche y me causa más angustia pensar en atravesar las calles hasta el súper que pasarme las mañanas sin café; abro el ordenador y me pongo a escribir: 

¿En qué momento me he convertido en El Grinch? 

Muchas veces me había preguntado en qué momento los niños dejan de correr. En qué momento se les cae la prisa de leche, la urgencia por llegar hasta su amigo, de un juguete a otro o de la cocina al salón, y sale la prisa de verdad. La que se queda, la urgencia por quedarte sólo, por llegar de una llamada a otra o del trabajo al sofá. La prisa que te hace lento. La prisa que te quita ganas, la prisa que pesa, que ahoga, que cansa. Supongo que todo esto culmina cuando inevitablemente, se te cae también la Navidad. 

Cuando la Navidad era de leche, las luces eran bonitas, las mentiras eran piadosas, el árbol se ponía siempre, te obligaban a comer azúcar y nadie faltaba a la mesa. No discutías en la cena, no esperabas el mensaje de nadie y no había resacas después. Incluso se fingía en tu casa que el disco de villancicos de Los Pitufos Makineros sonaba bien.  Pero de repente, no sabes cómo, te ves en agosto pidiendo los días y aún así, trabajando el treinta y uno. De repente odias a Renfe, haces el balance de todos los objetivos que no has cumplido, no te cabe el árbol en el piso, tu tía te ofende, te prohíbes los dulces y quieres meterle una ballena del paraguas en el ojo a tres de cada cuatro personas con las que te tropiezas en el centro de Madrid. Y eso cada año. Y eso cada vez. 

Pero aún así, pagas lo que te pidan por un billete que te deje volver a casa, aunque no sea como antes, aunque sean dos días, porque siempre hay algo que vale más. Porque no sabes cómo, aún más que la Navidad, odias la idea de no compartirla con tu gente. Odias la idea de así, sin pena ni gloria, dejarla pasar. Por eso, digo yo, que a lo mejor, el éxito de tu yo adulto, es que, en algún momento del año te encuentres a ti mismo paseando por el centro de una ciudad tranquila, contando cuánto falta para que enciendan las luces otra vez. 









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